Cierto día un granjero se dirigió muy preocupado donde estaba Buda hablando con sus monjes sobre lo material y lo espiritual, sobre el desprendimiento y las emociones. El granjero le preguntó muy entristecido: - He perdido quince vacas y por el disgusto estoy a punto de morir, si las has visto dime por favor donde están. Buda le miró fríamente y le dijo: - Aquí no están tus vacas, busca en otro camino. El granjero se marchó con sus preocupaciones a cuestas y Buda entonces sentenció a sus monjes: - Tenéis mucha suerte porque no tenéis vacas.
Una madre es alguien que te quiere por lo que eres, y no por lo que tienes o sabes. Alguien que trata de entenderte, que se interesa por tus cosas, aunque sean pequeñas. Es quien se acuerda de ti cuando no estas, y que no te deja cuando fracasas.
Una madre es alguien que te levanta el ánimo si lo necesitas, con quien se puede bromear sin que se enoje. y que se acuerda de ti cuando reza, Una madre comparte tu soledad y tu tristeza, así como tus alegrías y tus sonrisas. Es alguien que se lanza contigo a correr riesgos, y quien nunca te negará su ayuda.
Pajóm quería prosperar, donde vivía tenía muy poca tierra y muy poco dinero para pagarla. Había oído decir que los Paskím, una tribu lejana, daban tierra de sus territorios a un precio muy módico. Así, pues, se encaminó a aquellas tierras y cuando llegó se fue hasta el jefe y le preguntó si podía comprar algo de su tierra. - Elige el pedazo que más te guste, dijo el jefe, tenemos mucha tierra. - Y, ¿cuál será el precio?, preguntó. - Nuestro precio es siempre el mismo, mil rublos al día. Pajóm no entendió lo que quería decir. - Al día, ¿qué medida es esa?, ¿a cuantas hectáreas equivale un día?. - Tenemos tanta que no sabemos cómo medirla, dijo el jefe, por eso la vendemos por día, puedes tener tanta tierra como tus pies puedan abarcar en un día, sólo existe una condición, que vuelvas al punto de partida en el mismo día, de lo contrario perderás el dinero.
Pajóm se puso muy contento y sólo pensaba en cuanta tierra podía conseguir, después elegiría la mejor para vivir él, luego vendería la peor y otras las alquilaría. Aquella noche no pudo dormir por la emoción, y a la mañana siguiente, muy temprano, ya estaba listo para comenzar su camino. El jefe vino hasta Pajóm, se quitó su sombrero y lo puso en el suelo: - Esta es tu señal, empiezas aquí y aquí tienes que volver, le dijo, toda la tierra que seas capaz de abarcar caminando durante todo el día hasta que el sol se ponga, será tuya. Pajóm sacó el dinero, lo puso en el sombrero y luego tomando una bolsa con pan y un recipiente con agua, partió. Al hombro llevaba una pala con la que iría marcando los límites. Caminó a zancadas por los pastizales y cuando el duro sol llegó a lo más alto, Pajóm se detuvo a comer un poco y a beber agua y enseguida prosiguió su recorrido. Cuanto más caminaba mejor parecía la tierra, de modo que comenzó a caminar más rápido y más lejos. De repente se dio cuenta de que se había alejado mucho y que el sol estaba muy bajo en el cielo. Decidió volver rápido, pero se sentía cansado, notaba sus piernas débiles, y pronto sintió miedo. ¡Oh Dios!, pensó, he querido abarcar tanto que ahora puedo perderlo todo. Caminó y caminó y por fin vio no muy lejos el sombrero junto al jefe, tomó aliento y corrió aun más, las piernas se le doblaron, cayó hacia adelante y rozó el sombrero con las manos dejando escapar un gemido. - ¡Bravo, gritó el jefe, has ganado mucha tierra!. Un trabajador de la tribu se acercó, quiso levantarlo pero descubrió que Pajóm estaba muerto. La tribu le compadeció. El trabajador recogió la pala y cavó una tumba lo suficientemente grande para Pajóm y lo enterraron. Dos metros de la cabeza a los pies, eso era todo lo que necesitaba.
HE BUSCADO MI ALMA, PERO NUNCA PUDE VERLA. HE BUSCADO A DIOS, PERO NO LOGRÉ AFERRARLO. HE BUSCADO A MI HERMANO, Y ENCONTRANDO A MI HERMANO LOS ENCONTRÉ A LOS TRES.
Un señor de cierta edad vino a la clínica donde yo trabajaba para hacerse la cura de una herida y tenía bastante prisa. Mientras le curaba le pregunté que era eso tan urgente que tenía por hacer y me dijo que deseaba ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Hablando un poco más me contó que llevaba algún tiempo en ese lugar porque tenía un alzeimer muy avanzado. Mientras acababa de vendar la herida le pregunté: - ¿Ella se preocupará si usted llega tarde?. A esto me contestó que no, pues ella ya no le reconocía. - Hace ya casi cinco años que ella no sabe quien soy, dijo. - Entonces, le volví a preguntar extrañada, si ella no sabe quien es usted. ¿Por qué esa necesidad de estar con ella cada mañana?. El me sonrió, me dio una palmadita en la mano y concluyó: - Mire, jovencita, ella no sabe quien soy yo, pero, todavía, yo sí se muy bien quién es ella. La verdad es que me emocionó y pensé que esa era la clase de amor que yo quería para mi vida. Porque que el verdadero amor no se reduce a lo físico, ni a lo romántico, pienso que el verdadero amor es la plena aceptación de todo lo que es el otro, de lo que ha sido, de lo que será y hasta de lo que ya no es.